Opinión  
Así empezó la Guerra Civil
Autor: Eulogio López
Fuente: periódico hispanidad 5/4/aaaa

Ha ocurrido lo que tenía que ocurrir, lo que sucede con los matones de pueblo: se pasan todo el día insultando, ofendiendo y humillando al personal hasta que alguien les acaricia los morros. Por eso, al señor Íñigo Ramírez de Haro, autor de la obra de teatro blasfema que se representa en el Círculo de Bellas Artes, sucursal de Prisa, alguien le ha hecho lo que él tanto anhelaba: dos hermanos (nietos de Blas Piñar) se han cabreado, han subido al escenario y se han liado a mamporros con el actor Fernando Incera, con el propio Ramírez de Haro y, de paso, con los técnicos de sonido de tan profundo espectáculo. Por cierto, un inciso para comentar un pequeño detalle. Mientras el primero de los dos ciudadanos hastiados y cabreados comenzó su interpretación paralela, al parecer, al encender con un mechero el sublime decorado del cuñado de la presidenta madrileña (papel higiénico) y cuando el sacrificado protagonista de la obra intentó impedírselo, y cuando el inefable cuñadísimo subió a defender al actor, y cuando el otro ciudadano cabreado la emprendió a golpes con la mesa de sonido y, cuando en fin, aquello parecía más patio de Monipodio que representación teatral… aún la mayoría del público pensaba que el follón formaba parte del espectáculo. Y todo ello dice mucho sobre el biotipo humano que paga 10 euros por acudir a contemplar tan metafísico drama. Cierro el paréntesis.

Y claro, la progresía de izquierdas y de derechas se ha rasgado las vestiduras. Esto no puede ser. Atenta contra la libertad de expresión de forma directa, plástica, ofensiva. Ramírez de Haro, un maestro de la palabra, confiesa sentirse “acojonado”. La gente sensata autocensura ese ¡bien, coño, bien!, que de inmediato acudía a su cerebro y manifiesta que esto no se puede tolerar y que la violencia, ¡qué horror!, a nada conduce. Pero superada esa sospecha, la gente de bien tiene razón: lo de los espontáneos de la noche del sábado 1 en el Círculo de Bellas Artes resulta comprensible, pero no justificable. Uno casi diría que resulta injustificable, pero bastante comprensible.

Primero, porque la gente sospecha que la libertad de expresión no puede convertirse en libertad para injuriar al prójimo allá donde al prójimo más le duele. Insistimos: Ramírez de Haro es un panoli convencido, como tantos otros autores secos de talento, que, como con el sexo ya no se escandaliza a nadie, ha decidido recurrir a la blasfemia. La cosa va en aumento y, naturalmente, El País de Jesús Polanco la justifica con las sandeces más peregrinas. Por ejemplo, cuando habla de que muchos intentan introducir el “espantajo del anticlericalismo” en el debate público. Por tanto, una vez dicho aquello de que quemar papel higiénico en el Círculo no es la mejor manera de protestar contra la blasfemia (ya lo he dicho, ya puedo dormir tranquilo), volveré a repetir lo que afirme días atrás: la meadita de Ramírez de Haro forma parte del estado guerra civilista en el que ha entrado España. En España lo llamamos así porque el último ejemplo histórico que tenemos de a dónde nos conduce este anticlericalismo ramplón es la Guerra Civil de 1936-39. Franco no hubiera ganado esa guerra de no ser por el odio a la religión de la II República. Se aducirá que la Iglesia de hoy no es la de ayer. Sí, pero Cristo es el mismo en 1936 que en 2004. Y la tontuna del cuñadísimo puede formar parte de un plan más amplio. Además, si bien los cristianos de la España de hoy no son los de 1936 también habrá que reparar en los anticlericales de ahora mismo, asimismo muy diferentes de aquellos. Aquellos odiaban a la religión, pero tenían su propio credo: el progresismo de hoy odia a la religión, pero no tiene recambio alguno. Por eso, corre peligro serio de disgregación en cualquier dirección. Es decir, peligro de que actitudes como las de Círculo acaben llegando a las manos. De hecho, es lo más lógico que puede suceder.

A esa posible guerra civil no sólo nos lleva intelectuales de la talla de Ramírez de Haro, sino el grupo editorial de Jesús Polanco o los políticos socialistas del dialogante Zapatero, que incluso acusan a la presidenta de Madrid de “culturicidio” por expresar su opinión (no ha hecho otra cosa) de que esa obra ofende el sentir de millones de personas.

Todos ellos crean el caldo de cultivo, la opresión necesaria, como para que la única forma de defender la libertad personal, en este caso la propia fe, sea por la fuerza. Y el asunto no atañe a España. No se trata de la chorrada de un autor dispuesto a hacerse famoso a cualquier precio. No, se trata de un estado de opinión que abarca a todo Occidente. No es anticlericalismo, es odio a Cristo, odio al Cristianismo y odio a los cristianos. Insisto, ya no hay izquierdas ni derechas; lo que hay son creyentes y anticreyentes. O éstos respetan a aquéllos, o aquéllos, por muy tibios que sean, acabarán por explotar. Es más, la gran pugna está dejando de ser la batalla cultural. Más que a los principios cristianos, se está atacando al propio Cristo.

Ahora sí que se puede hablar de guerra religiosa, que no es aquello que provocan las religiones, sino las que provocan los que odian a una religión. Para ser exactos, los que odian al Cristianismo. Y, por supuesto, que hay que poner la otra mejilla, pero también expulsar a los mercaderes del templo. Hay tiempo para todo.

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