Familia  
A LOS QUE TIENEN MEDIOS DE INFORMACIÓN, LES PUEDE SERVIR PARA DIFUNDIRLO
Autor: Enrique Beltrán
Fuente: 4/20/aaaa

Las palabras sirven para decir lo que pensamos, comunicarnos, conocernos, desnudar la verdad. Otras veces nos sirven para lo contrario. Esas reflexiones tan obvias vienen a cuento a raíz del contraste entre la simpática solemnidad del título que anuncia el proyecto de ley que se debate en el Senado de la República, con lo que es su finalidad y contenido.

Leo: "Proyecto de Ley de Defensa de la Salud Reproductiva". Así aparece cuando continúo la lectura con el primer párrafo del artículo 1: "El Estado velará por el derecho a la procreación conciente y responsable y la tutela de la vida humana". Sin embargo, bajo la mirada unos renglones más, y vuelvo a leer: "Toda mujer tiene derecho a decidir sobre la interrupción del embarazo, durante las primeras doce semanas de gravidez". Bastará para ejercerlo "que la mujer alegue al médico circunstancias derivadas de las condiciones en que ha sobrevenido la concepción: situaciones de penuria económica; sociales, familiares o etarias, que a su criterio, le impidan el embarazo". En dos palabras: cuando se le cante.

Como bien lo señalaron el Dr. Javier García en su columna e Ignacio Posadas en la suya de Búsqueda, la contradicción del título y de contenido es flagrante. Es el azúcar en el borde de la copa, pero es la pócima que la llena. Es el cuidado de la vida que se nos promete y, es una invitación a la muerte la que nos depara.

Desde el momento de la concepción hay vida humana, lo reconoce la biología y el derecho. Las células que se forman llevan ya la información genética propia que es la de un ser humano y por lo tanto hay vida y es humana. La interrupción del embarazo es su muerte, decretada por quien lo llamó a la vida. De acuerdo al proyecto que promete la "tutela de la vida humana", la mujer dispone del feto como se le ocurra, siempre que aquél tenga menos de tres meses. Como puede disponer del lunar que se lo quita o lo deja, o del lobanillo que ha crecido bajo su piel. Para nada asoma en la fría rotundidad de aquellos artículos, el asombro de la gestación, el prodigio del ser vivo ya bien distinto e irrepetible como vida humana, el intercambio de mensajes que hacen a la vida, al afecto, con aquella otra vida que lo lleva en su seno.

Durante las doce semanas de gravidez se halla el embrión, por disposición de la ley en una cámara de la muerte, ya que la madre puede hacer lo que quiera con la vida de él, sólo una cosa entonces para la ley. Pero he aquí, que un día después de aquel plazo, el lunar, el lobanillo a quitar o a dejar, se convierte, en ser humano cuya vida hay que respetar. Lo que sólo era algo, se transforma en alguien, lo que era un derecho enfáticamente proclamado, se hace conducta reprobable y criminal, como si la vida humana que ahora se reconoce no fuese la continuidad de la misma que había nacido antes. Para sorpresa de la incredulidad y del escepticismo aparece el Estado como si fuera Dios, disponiendo crear al ser humano, no cuando se gesta, sino cuando lo dispone su omnímodo poder.

De esa manera además, quienes más bandera hacen de su vocación solidaria, más decididos aparecen para desconocer la solidaridad más honda, más elemental, más profunda, más entrañable, más vital que es la del embrión en el útero materno.

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