Opinión  
Ana Catalina Emmerick
Autor: Luis María ANSON
Fuente: larazon.es 4/13/aaaa

Ayer dediqué mis habituales horas de lectura a Ana Catalina Emmerick. Fue la gran vidente del siglo pasado. Sus visiones sólo poseen autoridad humana. Aquella monja alemana, analfabeta, estigmatizada, tuvo la gracia de ver y vivir la pasión de Jesucristo. Estuvo allí, en el lugar de los hechos. Las visiones de Ana Catalina, recogidas por el poeta Clemente Brantano, al que ella misma designó, tienen una fuerza descriptiva que impresiona. Los pasajes y detalles complementarios de la pasión de Cristo que callan los Evangelios pudieron no suceder como dice Ana Catalina Emmerick pero, en cualquier caso, sus visiones son un monumento para la meditación cristiana. Varios Papas han recomendado vivamente su lectura en Semana Santa. Hace casi dos siglos, la monja alemana contó con minuciosidad la vida de los esenios, secta prácticamente desconocida hasta que se descubrieron los manuscritos del Mar Muerto. Como señaló en su día la revista L'Homme nouveau, las revelaciones de Ana Catalina sobre los esenios y lo que se lee en los manuscritos coinciden punto por punto. Desde ese momento, las visiones de la monja están rodeadas de respeto, incluso científico. Sangra hoy el Hijo de Dios vivo. Cristo no vaciló en tomar la cruz para llevarla hasta la cumbre del Calvario. Escuchamos aún su clamor: «Señor, Señor, por qué me has abandonado». El interrogante atroz llega hasta nuestros días. La imagen de Kazantzakis, Cristo otra vez crucificado por el mundo moderno, posee perfecta validez. Gota a gota se está consumando de nuevo el gran sacrificio ante la impasibilidad de millones de cristianos. Semíramis ya no reina en el mundo. Convertida en dulce paloma, voló para siempre a los cielos. Y sobre el orden de Melquisedec pesa la amenaza de la destrucción. Los Evangelios no son complemento del Talmud, del Avesta o de El capital. Hay que restaurar, como decía San Pío X, todas las cosas en Cristo, todas las cosas en el Evangelio. En el manantial de la buena nueva encontrará siempre el hombre la paz, el sosiego, la solidaridad, la llama de amor viva que tiernamente hiere de nuestra alma en el más profundo centro. Nocte pluit tota Jove. Y Dios llovió toda la noche. Lluvia de espiritualidad que, a pesar de tanto hedonismo, de tanto consumo, la verdad es que no cesa.

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