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Tercera meditación de Cuaresma del padre Cantalamessa al Papa y a la Curia (I)
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Fuente: ZENIT.org 4/6/aaaa

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 abril 2004 (ZENIT.org).- «"La moral dice qué hacer" – La Pascua en la vida» ha sido el núcleo de la tercera y última meditación de Cuaresma que dirigió el padre Raniero Cantalamessa, ofm cap, predicador de la Casa Pontificia, el viernes pasado a Juan Pablo II y a sus colaboradores de la Curia Romana.

Este año, el tema de las meditaciones cuaresmales ha sido el siguiente: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros» (Lc 22, 15). Publicamos a continuación la primera parte del el texto predicado en la capilla «Redemptoris Mater» del Palacio Apostólico Vaticano.

La segunda parte de esta meditación se publicará el próximo lunes 5 de abril.
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P. Raniero Cantalamessa
Cuaresma en la Casa Pontificia 2004
Tercera predicación

«LA MORAL DICE QUÉ HACER»
La Pascua en la vida


1. De la fe a las virtudes

La letra te enseña lo ocurrido; lo que debes creer, la alegoría. / La moral, qué hacer; hacia dónde tender, la anagogía (Littera gesta docet, quid credas allegoria. / Moralis, quid agas; quo tendas anagogia). Hemos llegado al tercer nivel de lectura de la Escritura: el moral, que trata de sacar de la Pascua enseñanzas prácticas para la vida y las costumbres.

Es importante observar el orden con el que se suceden estos distintos sentidos de la Biblia: no viene primero la moral y después el misterio, primero las obras y después la fe, sino al contrario. Se respeta el principio formulado por San Gregorio Magno: «No se llega de las virtudes a la fe, sino de la fe a las virtudes» [1].

Lamentablemente en cierto momento este orden se perturba. A algunos Padres les pareció pedagógicamente más conveniente tratar antes de las cosas morales y después de las místicas, que son las más elevadas. Ambrosio propone por lo tanto un nuevo orden: primero, la historia, segundo la moral, tercero el misterio [2]. Esta tendencia se reforzaba por el hecho de que se ponía en relación la vida activa con la moral y la vida contemplativa con el misterio y se sabe cuánto, en la Edad Media, la contemplación simbolizada por María se consideraba más elevada que la vida activa representada por Marta. Cuando después se afirmó la costumbre de dividir la vida espiritual en las tres famosas etapas de vida purgativa, vida iluminativa y vida mística, la moral que preside la vida purgativa no podía sino preceder, al comentar la Escritura, la atención al misterio.

De tal forma, en la práctica, si bien no en teoría, se colocaban las obras por delante de la fe, la moral por delante del kerygma [3]. También esto contribuirá a crear la situación que dará a Lutero el pretexto para su contestación radical. Cristo no es para él un modelo a imitar con la propia vida, sino un don a acoger mediante la fe, y punto. Nacía la controversia sobre fe y obras, destinada a arrastrase tan prolongadamente y crear tantas falsas contraposiciones.

Hoy, con el documento común de la Iglesia Católica y la Federación de las Iglesias Luteranas, se ha llegado, al menos sobre este punto, a un acuerdo; no o la fe o las obras, sino y la fe y las obras, cada una sin embargo en el propio orden. En el fondo era lo que había enunciado San Gregorio Magno con su máxima: «No se llega de las virtudes a la fe, sino de la fe a las virtudes».

2. Quitad la levadura vieja

Aplicada a la Pascua, la lectura moral tiene detrás una larga historia. San Pablo escribe a los Corintios: «Purificaos de la levadura vieja, para ser masa nueva; pues sois ázimos. Porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Así que, celebremos la fiesta, no con vieja levadura, ni con levadura de malicia e inmoralidad, sino con ázimos de pureza y verdad» (1 Co 5, 7-8)

Todo parece indicar que el Apóstol escribe estas palabras ante la inminencia de una fiesta de Pascua, tal vez la del año 57. La exhortación «así que celebremos la fiesta» se refiere precisamente a la Pascua que ya no se entiende sólo como recuerdo de la inmolación del cordero y de la salida de Egipto, sino también y sobre todo como recuerdo de la inmolación de Cristo. Es el más antiguo testimonio de la existencia de una Pascua cristiana, «nuestra Pascua».

Esta de San Pablo es por lo tanto la primera predicación «cuaresmal» del cristianismo y esto la hace aún más actual en este momento. El Apóstol se basa en la costumbre judía de revisar la casa la víspera de Pascua y eliminar todo rastro de pan fermentado para ilustrar las implicaciones morales de la Pascua cristiana. El creyente también debe explorar la casa interior de su corazón para destruir todo lo que pertenece al viejo régimen del pecado y de la corrupción.

El desarrollo sucesivo de la doctrina y de la práctica de la Iglesia ha precisado dónde y cómo esta purificación pascual debe hallar su actuación concreta, cómo se hace para eliminar «la levadura vieja»: en el sacramento de la reconciliación. Aplicando a la Pascua el esquema cuatripartito que seguimos en estas meditaciones, un autor medieval escribe: «Pascua puede tener un significado histórico, uno alegórico, uno moral y uno anagógico. Históricamente, la Pascua sucede cuando el ángel exterminador pasó por Egipto; alegóricamente, cuando la Iglesia, en el bautismo, pasa de la infidelidad a la fe; moralmente, cuando el alma, a través de la confesión y la contrición, pasa del vicio a la virtud; anagógicamente, cuando pasamos de la miseria de esta vida a las alegrías eternas» [4].

El vínculo estrecho entre Pascua y confesión fue confirmado canónicamente por el Concilio Lateranente IV de 1215 que prescribió confesar y comulgar al menos en Pascua [5]. En la Novo millennio ineunte, el Santo Padre exhorta a «proponer de modo persuasivo y eficaz la práctica del sacramento de la reconciliación» [6]. No sé si lograré hacerlo «de modo persuasivo y eficaz»; sin embargo deseo recoger igualmente la invitación y decir algo que acreciente en nosotros el deseo de una buena confesión pascual.

Digamos ante todo que el sacramento de la reconciliación no es el único medio que tenemos a disposición en la lucha diaria contra el pecado. Los Padres y los doctores de la Iglesia han reconocido a la Eucaristía una eficacia general para la liberación del pecado [7]. La sangre de Cristo que en ella recibimos «purifica nuestras conciencias de las obras de muerte», nos asegura la Carta a los Hebreos (Hb 9, 14). «Cada vez que bebes esta sangre –escribe San Ambrosio— recibes la remisión de los pecados y te embriagas de Espíritu», y también: «Este pan es la remisión de los pecados» [8]. Antes de distribuir la comunión, la liturgia hace decir al celebrante: «Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo». También la invocación del Padre Nuestro «Perdona nuestras ofensas», según los Padres, es un medio para obtener el perdón de los pecados.

Sabemos no obstante que el medio ordinario y necesario para obtener el perdón de los pecados graves cometidos después del bautismo es el sacramento de la reconciliación. Este es también un medio excelente para librarse de los pecados veniales y de los defectos ordinarios. No es necesario repetir aquí los principios históricos y teológicos relativos a este sacramento que todos conocemos y que la exhortación post-sinodal sobre «Reconciliación y penitencia» de 1984 ha ilustrado ampliamente. Sólo algunas reflexiones de carácter existencial y espiritual.

La confesión es el momento en que la dignidad de cada creyente es afirmada más claramente. En cualquier otro momento de la vida de la Iglesia el creyente es uno entre tantos: uno de los que escuchan la Palabra, uno de los que reciben la Eucaristía. Aquí él es único; la Iglesia existe en ese momento sólo para él o para ella.

Esta forma de liberarse del pecado confesándolo a Dios a través de su ministro se corresponde con la necesidad natural de la psiquis humana de liberarse de lo que oprime la conciencia manifestándolo, sacándolo a la luz y expresándolo verbalmente. El Salmo 32 describe la felicidad que brota de tal experiencia.

¡Dichoso el que es perdonado de su culpa,
y le queda cubierto su pecado!...
Cuando yo me callaba, su sumían mis huesos
en mi rugir de cada día,
mientras pesaba, día y noche,
tu mano sobre mí;
mi corazón se alteraba como un campo
en los ardores del estío.
Mi pecado te reconocí,
Y no oculté mi culpa;
dije: «Me confesaré
al Señor de mis rebeldías».
Y tu absolviste mi culpa,
perdonaste mi pecado.

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1 S. Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel, II, 7 (PL 76, 1018).
2 S. Ambrosio, Comentario al Evangelio de Lucas, III, 35 (PL 15, 1603): historiam , mores, mysterium.
3 Cf. H. de Lubac, Exégèse médiévale, cit., I,2, p.413.
4 Sicardo de Cremona, Mitral, VI, 15 (PL 213, 543).
5 Cf. Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bologma 1973, p. 245
6 Novo millennio ineunte, 37.
7 Cf. S. Tomás de Aquino, S. Th. III, q. LXXIX, aa.3-6).
8 S. Ambrosio, De sacr. V,3,17 (CSEL 73, p. 65); De ben. Patr. 9,39 (CSEL 32,2, p.147).


[Traducción del original realizada por Zenit.org . La segunda parte de esta meditación se publicará el próximo lunes 5 de abril].
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