Opinión  
El silencio de los buenos
Autor: Alex ROSAL
Fuente: la Razón 12/10/aaaa


En corrillos privados se suele alzar la voz con facilidad, criticar sin medir palabras y despotricar del circo público sin miedo. Todos somos muy valientes en la «clandestinidad». El problema viene cuando somos invitados a salir a la palestra y corremos el riesgo de perder puestos, premios, distinciones, trabajos o elogios de los politicamente correctos. Sabemos que podemos entrar en esas zonas en donde todo es silencio y oscuridad para el valiente. Ése es el problema de nuestra querida España. Me preocupan poco los políticos de pandereta, los periodistas progres de medio pelo o los poderosos empresarios de lo mediático. Lo verdaderamente preocupante es el silencio de los buenos. La inactividad de los que podrían cambiar el curso de la Historia y no lo hacen por miedo, temor o comodidad.

Si hoy en España no hay muchos líderes, con-todas-sus-palabras, es por que hay pocas gentes «con lo que hay que tener». Cuando los opinadores habituales, los intelectuales y demás sabios callan ante lo evidente o dan una versión edulcorada de ello, los ciudadanos desconfían y esos silencios se vuelven contra los que los practican. Y sobre todo, el liderazgo social se diluye. Es el drama de España. Los buenos, que son la mayoría, que construyen el país día a día con su trabajo y creatividad, que tienen sus familias y con eso permiten que en el futuro se paguen las pensiones y bla, bla, bla... están callados, como dormidos, susurrando en la privacidad de su casa lo que desean de su sociedad, lo que aceptan y rechazan, lo que les gustaría cambiar. Si Dios me da vida, no me agradaría llegar a los 80 ó 90 años, echar la vista atrás y retorcerme de dolor moral al comprobar mis silencios y omisiones ante asuntos de vital importancia para el desarrollo de la sociedad. Sólo tenemos una vida y vale la pena exprimirla totalmente. Ya lo decía Martin Luther King: «Tendremos que arrepentirnos en esta generación no tanto de las malas acciones de la gente perversa, sino del pasmoso silencio de la gente buena».


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