Opinión  
¿Quién paga el sexo?
Autor: Francisco de Borja SANTAMARÍA .
Fuente: piensaunpoco.com 12/1/aaaa

“Por cada pequeña cosa que se hace, alguien tiene que pagar”, escribió Oscar Wilde. No son pequeñas las acusaciones que pesan sobre Michael Jackson, sobre posibles abusos de un menor. Si se demuestran ciertas tales acusaciones, pagará ante la justicia. Pero, ¿quién va a pagar por las consecuencias de la ola de sexo que anega a diario la televisión, el cine, la publicidad, internet, las revistas, los libros, etcétera? A la estrella del pop se le acusa de haber rebasado ciertos límites. Pero, ¿no hay que pagar más que por esos delitos? ¿no quedan más deudas que saldar por la reiterada exhibición obscena del sexo? ¿son sólo los abusos de menores los que hay que castigar? ¿quién está sufriendo –pagando- las consecuencias de la pornografía impune: sólo los menores que son violados y los adultos que son condenados?

Una vez más, nuestra sociedad hace gala de buena dosis de hipocresía: castigamos ciertos excesos, pero no estamos dispuestos a mover un dedo para evitar las causas. Se ha logrado cierto consenso oficial en defender a los menores de la pornografía y de la excesiva exposición a “radiaciones” eróticas; pero, ¿es realmente así? ¿están verdaderamente protegidos?

Evidentemente, no. Y no es así, por una parte, porque la tolerancia de la sociedad adulta ante las agresiones pornográfico-eróticas que sufren los menores es de lo más generosa; y, por otra, porque no existen islas culturales: si el medio ambiente cultural está erotizado, forzosamente los niños están mamando sexo. Los menores están percibiendo mensajes eróticos en la calle, cuando pasan por delante de las vallas y otros soportes publicitarios (concesión del ayuntamiento), cuando van a comprar sus golosinas al kiosko más cercano a su colegio o instituto; sufren también las radiaciones eróticas en su propia casa y habitación, cuando se entretienen con los spots publicitarios de la televisión, cuando burlan la vigilancia paterna, si la hay, y ven ciertos programas de televisión, cuando navegan por internet y participan en los chats, o leen el contenido indisimuladamente erótico de ciertas revistas dedicadas al pop. El hecho es que, como no podía ser menos, los niños y adolescentes, miran lo que miran los mayores y hablan de lo mismo que oyen hablar a los mayores. Proteger a los menores de la invasión pornografía en una sociedad cargada de sexualidad no pasa de ser una argucia de la mala conciencia.

Hasta aquí, una somera descripción de los hechos. Entremos en las valoraciones. Habrá quien sostenga que todo esto no tiene especial importancia, porque, en el fondo, el sexo no es algo de lo que haya que defender a los menores. No le falta coherencia a este planteamiento, que, dicho sea de paso, es el que realmente está operando en nuestra sociedad. Es coherente razonar así –coherencia que no le otorga un gramo de validez al razonamiento-, porque, si efectivamente, la exhibición del sexo y la provocación erótica son inocuas, ¿por qué habríamos de defenderles de ellas a los menores?

La realidad es que nos movemos en una peligrosa ambigüedad. Intuimos -no sabemos muy bien por qué- que la pornografía puede dañar a los más jóvenes, pero estamos convencidos de que en el caso de los adultos no reviste especial inconveniente. A la vez, los reclamos sexuales funcionan y alimentan incansablemente el deseo del goce erótico en gran parte de la población (para muestra, un botón: el 75% del uso de internet es de carácter pornográfico). Por otra parte, ¿qué sentido tendría establecer algún límite a la difusión de la pornografía para adultos, en un contexto de libertad? Lo que, en el fondo, se echa de menos es la vigencia social de un discurso convincente sobre la perversidad de la pornografía y su pariente cercana la prostitución y sobre la necesidad de asumir colectivamente una cultura que sitúe la pornografía y la prostitución en el ostracismo.

Una cultura del sexo digno es la propia de una sociedad en la que la mayoría de las personas están convencidas de que la pornografía y la prostitución son decadentes; que la banalización del sexo es culturalmente regresiva porque estraga tanto el gusto estético –tan necesario para gozar de la vida- como el “gusto” amoroso; que la pornografía, también en sus sublimaciones publicitarias o artísticas, junto con la prostitución, despojan de su dignidad personal, casi siempre femenina y muchas veces también infantil, a seres humanos de carne y hueso; que existen perversiones sexuales y que el sexo crea adicción, también en los adultos; que el consumo de sexo y, por tanto, una cultura erotizada es fuente de violencia, especialmente contra las mujeres y los niños; que cada vez que alguien acude a una casa de citas, ojea una revista pornográfica, acude a una sala X o navega por las páginas más obscenas que internet pone a su disposición, está colaborando con los mercaderes del sexo -fabuloso negocio- a recrear las condiciones sociales de la esclavitud, porque, volviendo a Wilde, por cada pequeña cosa que se hace, alguien tiene que pagar; y quienes realmente pagan con el precio de su dignidad perdida son esas personas que quedan reducidas a objeto de goce, a mercancía sexual.---

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