Opinión  
Crónicas marcianas: “tirar de la cadena y olvidarse”
Autor: Emilio Sanz .
Fuente: Piensaunpoco.com 11/19/aaaa


Queramos o no, Javier Sardá está de moda. Y teniendo en cuenta sus provocadoras declaraciones con que se introducía mi artículo de ayer, se ve que el personaje está dispuesto a morir con las botas puestas. No importan el mucho barro que llevan porque, para Sardá, ese limo contiene numerosas pepitas de oro que acrecientan los números de su cuenta corriente.

Efectivamente, “Crónicas Marcianas” es un programa televisivo de gran éxito, con mucha audiencia, que incluso ha llegado a crear adicción en más de uno y más de dos.
Por lo que me cuentan, el presentador tiene unos colaboradores fijos que se encargan de echar sal y pimienta, y de vez en cuando hay alguna entrevista a personajes variados. El tono general es de libertinaje, de ausencia de límites incluso verbales, y suele derivar en frivolidad, sexualidad extraña, ausencia de moral, falta de respeto a las personas incluso entre ellos mismos, escándalos, insultos, blasfemias y todo de tipo de mofa a costa de lo humano y lo divino.

Profesionalmente hablando, hacer un programa así no tiene ningún mérito: lo más bajo siempre está al alcance de cualquiera, y cualquiera puede hacerlo aunque no tenga estatura. La comercialización de esos instintos bajos que todos tenemos siempre tendrá un hueco en la audiencia, precisamente porque están muy bajos.
Alguien ha dicho que el único “mérito” de Javier Sardá y sus colaboradores está en atreverse a hacer un programa así. Porque para hacer eso hace falta un alto nivel de atrevimiento.

Yo no estoy de acuerdo. Pienso que “atreverse” a algo implica la existencia de alguna dificultad. Y, como ya he dicho, lo que hacen estos programas es bastante fácil. Por tanto, no es que se atrevan: es que simplemente se dejan caer.

Es un cúmulo de animación de los más bajos instintos: palabrería, descontrol, curiosidad insaciable, inexistencia de pudor… cosas todas ellas que, a los ojos de una persona con el alma sana, ofrecen el desolador espectáculo de una habitación en plena orgía triste, sucia, sudorosa y amarga.

Y cuanto más les critican, más hunden su humanidad en lodos insanos verbales, sexuales, intelectuales, morales, como buscando un suelo firme en el que apoyarse con más fuerza, sin encontrarlo nunca. Y así van cayendo cada vez más bajo.

Ante la preocupante proliferación de estos espacios, se impone apelar a otro instinto, más noble, que es el de conservación: esos programas cortan al hombre el camino hacia sí mismo, el camino hacia el verdadero mundo, hacia toda verdad. Llenan un par de horas de vivencias inmediatas que al rato ya no saben a nada, y además no alimentan.

Es fácil apreciar la diferencia entre los personajes de estos programas y los de otros, que realmente se atreven a buscar lo grande, que ponen el listón más alto; que, en vez de dejarse caer por la cuesta abajo de los vicios propios y ajenos, se atreven a tirar hacia arriba de las inquietudes verdaderamente humanas. Esos sí que buscan un mundo mejor.

Lo difícil va a ser hacerles ver a Javier Sardá y sus colaboradores que no queremos un mundo como el suyo. Posiblemente la solución sea no ver esos programas, ignorarlos, tirar de la cadena y olvidarse.

Quizá comprenda así el señor Sardá que lo único interesante que ha hecho en varios meses es presentar el último libro de José Bono, Presidente de Castilla la Mancha. Por cierto, vaya ocurrencia.—

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